Su madre cruel invitó a su ex a su boda… pero ella llegó con gemelos y los destrozó a los dos.

—¿Cómo te atreves? —escupió—. ¿Traer actores? ¿Venir a extorsionarme? ¡Seguridad!

Elodie soltó una risa breve.

Sacó un papel doblado de su bolso. No era un arma. Era peor.

—Traje los resultados de ADN y las actas de nacimiento, Victoria. Sabía que ibas a decir eso. Eres… predecible.

Y se los extendió a Lucas.

—No vine a detener la boda —dijo, mirando de reojo a Sophia, que parecía a punto de desmayarse—. Vine porque mandaste una invitación a mi casa para burlarte. Querías mostrarme lo que “me perdí”.

Elodie señaló a los niños.

—Así que te devuelvo el favor. Quiero mostrarte lo que tú te perdiste.

Leo y Oliver.

—Cumplen cuatro la próxima semana. Son inteligentes. Son buenos. Y son Kensington. Y hasta hoy… no sabían que ustedes existían.

Lucas miró las fechas. Hizo cuentas. Todo cuadraba con la ruptura.

Levantó la vista hacia su madre, y el horror se convirtió en algo más oscuro.

—Tú… tú lo sabías.

Victoria intentó recuperar el control a gritos.

—¡Es una cazafortunas! ¡Te está atrapando!

Elodie la cortó con una frialdad impecable.

—No quiero tu dinero. Yo gano el mío. Tengo mi propio despacho. Vine en mi propio auto. Estoy aquí para que entiendas algo: no me rompiste. Me construiste.

Los murmullos se convirtieron en un rugido. Teléfonos arriba. Grabaciones. La “boda del siglo” ya era el escándalo del año.

Sophia miró a Victoria. Miró a Lucas llorando de rodillas frente a sus hijos.

Y soltó el ramo.

—Creo… —dijo, atravesando el ruido— que la boda se cancela.

Pero aún no terminaba.

Porque cuando Lucas estiró la mano hacia Oliver, el niño se escondió detrás del terciopelo azul.

—No te conozco —dijo Oliver, claro, simple.

Y esa frase hizo más daño que el abandono de hace cuatro años.

Elodie sonrió. No una sonrisa alegre.

Una sonrisa fría, satisfecha.

—Vamos, chicos —dijo, girándose—. Ya vimos el show. Hora de ir por helado.