La expresión de la jueza cambió al instante. Se inclinó hacia delante, con una postura firme y concentrada.
“Lily”, susurré, atónita, “por favor, siéntese…”
La jueza levantó la mano suavemente. “No, Sra. Carter. Quiero oír esto.”
Daniel se levantó bruscamente. “¡Esto es ridículo! Es una niña… no entiende…”
“Siéntese, Sr. Carter”, dijo la jueza bruscamente. “Si hay una grabación relevante para este caso, el tribunal la escuchará.”
Daniel se hundió en su asiento, con el miedo reflejado en su rostro.
Lily se acercó al estrado, agarrando su tableta con fuerza. “Mi papá dijo que le diría al tribunal que ayudó a pagar la casa de los abuelos. Pero no lo hizo. Dijo que el juez le creería”.
El juez respiró hondo. “¿Todavía tiene la grabación?”
“Sí, señora. Mi tía también tiene una copia”.
Le hizo un gesto al alguacil. “Por favor, recupere el dispositivo”.
Mientras susurros silenciosos llenaban la sala, Daniel se inclinó hacia mí y susurró: “Tú la instruiste”.
Le sostuve la mirada con calma. “Tiene nueve años. Dice la verdad porque tú no”.
La grabación se reprodujo.
