Parte 1: La noche que abrí la puerta

Por la mañana, la tormenta había pasado. La luz del sol llenaba la habitación, revelando la calma serena que siguió a la noche anterior. James estaba sentado despierto en el borde del sofá, con las manos cruzadas, mirando al suelo.

A la luz del día, parecía más joven de lo que esperaba: cansado, agotado, pero no derrotado.

“Debería irme”, dijo en voz baja.

Le preparé algo de comida y lo acompañé hasta la puerta. Antes de irse, se dio la vuelta con los ojos llenos de emoción.

“Algún día”, dijo, “te recompensaré por tu amabilidad”. Sonreí y le dije que no me debía nada, solo que se cuidara.

Asintió, se puso la sudadera grande y caminó calle abajo hasta desaparecer de mi vista. Supuse que ese era el final de la historia.

Veinte años después
La vida siguió adelante, como siempre. Los trabajos cambiaron. Los muebles se cambiaron. La casa envejeció conmigo. Esa noche se convirtió en un recuerdo lejano, uno en el que pensaba de vez en cuando mientras me preguntaba si los pequeños actos realmente importan.

La mañana de ayer comenzó como cualquier otra.

Estaba sentada a la mesa de la cocina cuando oí que llamaban. Este era diferente. No era vacilante ni débil.

Era tranquilo. Firme. Seguro.