
Mi marido me regaló una pulsera de doscientos mil, pero el joyero dijo
Pavel la rodeó con el brazo. —Así que se rindió.
—Supongo que sí.
Sonrió y miró su muñeca.
La pulsera de plata brillaba bajo la suave luz de la lámpara.
En el interior, las palabras aún eran legibles:
—Para Elena. Porque sí.
Elena pasó el dedo por encima y dijo en voz baja:
—A veces, los mejores regalos son los que llegan después de decir adiós.
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