
Mi marido me regaló una pulsera de doscientos mil, pero el joyero dijo
—Lena, es mi culpa. Fue… una tontería por mi parte. No quería arruinar todo lo que tenemos.
—Pero lo hice —respondió ella con calma—. Aunque no se haya ido, ya no hay confianza.
Él guardó silencio. La habitación quedó en silencio, y solo el reloj hacía tictac.
—No sé qué hacer ahora —susurró.
—Y yo lo sé —dijo Elena, levantándose—. Necesito tiempo. Sin ti.
Se quitó la pulsera, la dejó sobre la mesa y fue a preparar su bolso. Unas semanas después, Elena se alojaba en casa de una amiga. Mikhail la llamaba, le enviaba mensajes, la visitaba; ella no contestaba.
Una noche, finalmente abrió el teléfono y leyó su último mensaje:
«Devolví la pulsera a la tienda. Deja que desaparezca. Pero si algún día puedes perdonarme, aquí estoy».
Cerró la pantalla y miró por la ventana.
En el cristal se veía a sí misma: tranquila, cansada, pero ya no rota.
La pulsera, comprada para otra persona, se convirtió en el comienzo de una nueva vida para ella. Sin mentiras. Sin ilusiones. Consigo misma.
Pasó un año.
Elena vivía ahora en su propio apartamento: pequeño pero acogedor. Cortinas blancas, libros nuevos en las estanterías, café turco cada mañana. Consiguió un trabajo en un estudio de diseño de interiores, un sueño que antes no se había atrevido a perseguir por falta de tiempo y confianza.
A veces sentía que la pulsera aún estaba fresca en su muñeca, aunque hacía mucho que no se la ponía. El brillo de la tienda hacía tiempo que había dado paso a unos sencillos pendientes de plata: económicos, pero personales.