Margaret le apretó la mano. “Eso lo tienen que decidir ustedes dos”.
Emily salió enseguida, con lágrimas en las mejillas. “Sra. Lewis… Lo siento mucho. Mi madre se equivocó”.
Margaret estudió su expresión: genuina, arrepentida. “Importa cómo tratamos a los demás, sobre todo cuando creemos que no hay nada en juego. Así es como se demuestra el carácter.”
Emily asintió. “Daniel y yo queremos construir un hogar basado en la amabilidad. No en el estatus. No en los juicios.”
Margaret esbozó una pequeña sonrisa de aprobación. “Entonces ya estás por delante de muchos.”
Mientras caminaba hacia su coche, no sintió satisfacción, solo claridad. No había delatado a nadie; la verdad simplemente se había revelado.
Antes de irse, miró hacia atrás. Daniel y Emily estaban juntos bajo la luz del porche, tomados de la mano, eligiéndose mutuamente.
Con más honestidad que nunca.
Y Margaret se dio cuenta: la riqueza se presenta de muchas maneras.
Una parte se puede depositar.
Otra parte solo se puede sentir.
