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Cuando el autobús finalmente llegó a Denver, Claire estaba allí, con los brazos abiertos. Parecía mayor de lo que recordaba —quizás ambas lo parecíamos—, pero su abrazo no había cambiado. Firme. Familiar. Seguro.
“No tienes que volver nunca”, murmuró.
Y supe que tenía razón.
Las semanas siguientes se sintieron como una nube de silenciosos triunfos. Pedí el divorcio. Cerré las cuentas conjuntas. Conseguí un teléfono nuevo, una tarjeta bancaria nueva y conseguí trabajo en una librería cercana. Empecé durmiendo en el sofá de Claire, pero finalmente me mudé a un pequeño estudio que podía gestionar sola.
Algunas noches, me despertaba presa del pánico, convencida de oír el rugido de la camioneta de Daniel afuera. Pero ese miedo se desvanecía con el tiempo. La verdad, más fuerte y duradera, era esta: había caminado cincuenta kilómetros para alejarme de la vida en la que él intentaba atraparme, y cada paso me acercaba más a la que estaba destinada a vivir.
Creyó que podía enseñarme una lección de respeto. Lo que realmente me dio fue fuerza. Y en el proceso, lo único que perdió para siempre fue lo mío.
