Mañana no es solo “mañana”. Es el día que se repite en la cabeza incluso cuando intentas dormir. Esta noche, el cuarto del hospital tiene esa calma rara: luces suaves, sábanas crujientes, sonidos constantes que parecen marcar el tiempo. Ella sonríe con esa valentía silenciosa que tienen los niños cuando sienten miedo, pero no quieren que tú lo notes. Los lentes reflejan la luz, el cabello está despeinado sobre la almohada, y la bata colorida parece una forma de decir: “Aquí todavía hay vida, aquí todavía hay esperanza”. Hace un rato pidió papel y un marcador. Nada más. Escribió una frase sencilla, como si las palabras fueran escalones para cruzar un lugar difícil. Cuando terminó, levantó la mirada y preguntó con total naturalidad: “¿Me das un corazón?” Un corazón. No una explicación perfecta. No una promesa imposible. Solo una señal. Un gesto pequeño que diga: “Te veo. Estoy contigo, aunque sea desde lejos.” Mañana la llevarán por un pasillo y habrá puertas que se cerrarán. Nosotros nos quedaremos esperando, aprendiendo a respirar en espacios ajenos, contando minutos como si fueran piedras en la mano. Y en ese tiempo, uno entiende algo: el amor no siempre se muestra con ruido. A veces se muestra con lo mínimo. Un corazón no entra a quirófano. Pero sí acompaña. Sí sostiene. Sí recuerda que, incluso en días que dan miedo, nadie debería sentir que lucha solo.

Puede niña hermosa que mañana no puedan tus padres acompañarte dentro de la sala de cirugía ,Pero ten por seguro que los sentirás muy cerca tuyo ,Pero si alguien que va a poder entrar y es nuestro Padre celestial y en El está todo lo que necesites porque su mano no soltará la tuya y en El está todo el poder de sanación y estará en las manos de los cirujanos ayudándolos a quitar todo lo que lastima a tu cuerpito y con el tiempo verás que solo agradeceras a Dios por permitirte vivir está experiencia milagrosa de verlo obrar en tu cuerpecito Ten Fé ❤️🥰

Mañana no es solo “mañana”. Es el día que se repite en la cabeza incluso cuando intentas dormir. Esta noche, el cuarto del hospital tiene esa calma rara: luces suaves, sábanas crujientes, sonidos constantes que parecen marcar el tiempo.

Ella sonríe con esa valentía silenciosa que tienen los niños cuando sienten miedo, pero no quieren que tú lo notes. Los lentes reflejan la luz, el cabello está despeinado sobre la almohada, y la bata colorida parece una forma de decir: “Aquí todavía hay vida, aquí todavía hay esperanza”.

Hace un rato pidió papel y un marcador. Nada más. Escribió una frase sencilla, como si las palabras fueran escalones para cruzar un lugar difícil. Cuando terminó, levantó la mirada y preguntó con total naturalidad: “¿Me das un corazón?”

Un corazón. No una explicación perfecta. No una promesa imposible. Solo una señal. Un gesto pequeño que diga: “Te veo. Estoy contigo, aunque sea desde lejos.”

Mañana la llevarán por un pasillo y habrá puertas que se cerrarán. Nosotros nos quedaremos esperando, aprendiendo a respirar en espacios ajenos, contando minutos como si fueran piedras en la mano. Y en ese tiempo, uno entiende algo: el amor no siempre se muestra con ruido. A veces se muestra con lo mínimo.

Un corazón no entra a quirófano. Pero sí acompaña. Sí sostiene. Sí recuerda que, incluso en días que dan miedo, nadie debería sentir que lucha solo.

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