Un año después de encontrarla, el centro me invitó a visitarla. Esperaba ver una coneja pequeña y mansa. En cambio, frente a mí se encontraba una mezcla de conejo gigante de Flandes sorprendentemente grande, una de las razas de conejos más grandes del mundo.
Willow saltó hacia mí con confianza y me dio un empujoncito en la mano, como si aún recordara la calidez de la bufanda que una vez la abrigó.
Al salir del centro ese día, me conmovió cómo un simple momento había desencadenado una reacción en cadena de compasión. La supervivencia de Willow no se debió a una sola persona, sino a muchas: los tiernos instintos de una perra, un transeúnte dispuesto a detenerse y un dedicado equipo de rescatistas decidido a ayudarla a prosperar.
Hoy, Willow vive una vida cómoda y feliz, y a menudo aparece en las fotos del centro metida en cestas, mordisqueando verduras frescas o saltando con gracia por su recinto.
Su viaje es un poderoso recordatorio de que las historias extraordinarias pueden comenzar con pequeños y silenciosos actos de bondad en una mañana cualquiera.
