Hoy me desperté recordando un sonido que marcó mi infancia: la escoba rozando el asfalto aún húmedo al amanecer, cuando la ciudad ni siquiera había abierto los ojos. Mucha gente no lo nota, pero hay alguien preparando el camino antes de que pase el primer autobús, antes de que los comercios suban las persianas, antes de que mires el reloj y salgas corriendo. Ese alguien siempre fue mi papá. Barrendero. Uniforme naranja y verde. Manos curtidas. Una sonrisa que aparecía incluso cuando el día empezaba frío y pesado. Él no “solo” barría calles. Le devolvía dignidad a la ciudad. Y sin discursos, también me enseñó lo que es la dignidad. Yo sí tuve vergüenza. Vergüenza por las miradas, por los comentarios crueles, por esa risita que algunos creen normal. Y un día, sin levantar la voz, me dijo una frase que jamás olvidé: “Hija, no es mi trabajo el que me hace menos. Lo que hace menos a alguien es faltar el respeto al trabajo de los demás.” Hoy es su cumpleaños. Y solo quisiera que por unos minutos cambiáramos la lógica: que la ciudad mirara de verdad a quienes la cuidan. Que recordáramos que detrás de cada calle limpia hay una persona con historia, familia, sueños y cansancio. Si alguna vez pasaste junto a un barrendero y no dijiste “buenos días”, no pasa nada… todavía estás a tiempo. Deja aquí un feliz cumpleaños para mi papá. Y si quieres, cuéntame en los comentarios: ¿cuál fue la mayor lección que alguien “simple” (y enorme) te enseñó?

Hoy me desperté recordando un sonido que marcó mi infancia: la escoba rozando el asfalto aún húmedo al amanecer, cuando la ciudad ni siquiera había abierto los ojos. Mucha gente no lo nota, pero hay alguien preparando el camino antes de que pase el primer autobús, antes de que los comercios suban las persianas, antes de que mires el reloj y salgas corriendo.

Ese alguien siempre fue mi papá. Barrendero. Uniforme naranja y verde. Manos curtidas. Una sonrisa que aparecía incluso cuando el día empezaba frío y pesado. Él no “solo” barría calles. Le devolvía dignidad a la ciudad. Y sin discursos, también me enseñó lo que es la dignidad.

Yo sí tuve vergüenza. Vergüenza por las miradas, por los comentarios crueles, por esa risita que algunos creen normal. Y un día, sin levantar la voz, me dijo una frase que jamás olvidé: “Hija, no es mi trabajo el que me hace menos. Lo que hace menos a alguien es faltar el respeto al trabajo de los demás.”

Hoy es su cumpleaños. Y solo quisiera que por unos minutos cambiáramos la lógica: que la ciudad mirara de verdad a quienes la cuidan. Que recordáramos que detrás de cada calle limpia hay una persona con historia, familia, sueños y cansancio.

Si alguna vez pasaste junto a un barrendero y no dijiste “buenos días”, no pasa nada… todavía estás a tiempo. Deja aquí un feliz cumpleaños para mi papá. Y si quieres, cuéntame en los comentarios: ¿cuál fue la mayor lección que alguien “simple” (y enorme) te enseñó?

vedere il seguito alla pagina successiva