Esa mañana, la palabra “cáncer” no cabía en sus manos pequeñas. No combinaba con la forma en que buscaba mis dedos para caminar por el pasillo del hospital, como si todo fuera solo un lugar raro con luces blancas y gente apurada. Recuerdo los sonidos: puertas que se abren, un bip lejano, voces hablando bajito. Y recuerdo su mirada. Los niños quizá no entienden un diagnóstico, pero entienden los cambios. Saben cuando la rutina se vuelve consulta, cuando el juego se transforma en espera, cuando el cansancio se instala sin pedir permiso. El cabello empezó a caerse poco a poco. Unos pelitos en la almohada, luego más en la regadera, hasta que ya no se podía ignorar. Y entendí que hay tristezas pequeñas que pesan como montañas. Un día se miró al espejo un poco más de lo normal y preguntó, sin drama, solo con sinceridad: “¿Voy a estar bien?” Yo respondí con la voz más firme que encontré: “Sí. Un día a la vez.” Y así vivimos. Un día a la vez. Hubo victorias que casi nadie ve: dos cucharadas de comida, una siesta sin dolor, una risa breve en medio del agotamiento. También hubo noches en las que tuve que “pedir prestada” la fe, porque la mía parecía insuficiente. En esas noches, aprendí a agradecer las manos humanas: doctores, enfermeras, personas que entraban con una delicadeza que parecía oración. La fe no fue un atajo. Fue un lugar para descansar el corazón cuando todo se sentía demasiado. A veces no me salían palabras grandes. Solo repetía por dentro: “Papá del Cielo, quédate con nosotros.” Y cuando él dormía, yo miraba su pecho subir y bajar, como si cada respiración fuera un milagro sencillo y terco. Pasaron los ciclos: tratamientos, estudios, miedos que querían regresar. Hasta que un día, afuera del hospital, el sol se sintió diferente. No porque el mundo cambiara, sino porque yo cambié. Escuché lo que tanto necesitaba escuchar, sin discursos ni dramatismos: eran buenas noticias. Hoy, cuando lo veo sentado, tranquilo, con esa mirada directa, lo entiendo: él no carga la misma lista de recuerdos que yo cargo. Él carga otra cosa. Gratitud pura. No habla de estadísticas. Habla de amor. Y cuando sostiene un letrero con una frase tan simple, siento que el corazón por fin encuentra un lugar seguro. Porque vi a la medicina hacer su trabajo. Vi a personas trabajar con excelencia. Vi al tiempo avanzar. Vi nacer la valentía. Y vi a Dios sostenernos por dentro cuando todo parecía quebrarse. A veces, basta con esto: El Papá del Cielo me curó del cáncer. ¡Amén!

HERMOSO CAMPEÓN le has ganado al cancer..Bravo.FELICITACIONES.QueDIOS te bendiga hoy y siempre.

Esa mañana, la palabra “cáncer” no cabía en sus manos pequeñas. No combinaba con la forma en que buscaba mis dedos para caminar por el pasillo del hospital, como si todo fuera solo un lugar raro con luces blancas y gente apurada.

Recuerdo los sonidos: puertas que se abren, un bip lejano, voces hablando bajito. Y recuerdo su mirada. Los niños quizá no entienden un diagnóstico, pero entienden los cambios. Saben cuando la rutina se vuelve consulta, cuando el juego se transforma en espera, cuando el cansancio se instala sin pedir permiso.

El cabello empezó a caerse poco a poco. Unos pelitos en la almohada, luego más en la regadera, hasta que ya no se podía ignorar. Y entendí que hay tristezas pequeñas que pesan como montañas. Un día se miró al espejo un poco más de lo normal y preguntó, sin drama, solo con sinceridad: “¿Voy a estar bien?” Yo respondí con la voz más firme que encontré: “Sí. Un día a la vez.”

Y así vivimos. Un día a la vez. Hubo victorias que casi nadie ve: dos cucharadas de comida, una siesta sin dolor, una risa breve en medio del agotamiento. También hubo noches en las que tuve que “pedir prestada” la fe, porque la mía parecía insuficiente. En esas noches, aprendí a agradecer las manos humanas: doctores, enfermeras, personas que entraban con una delicadeza que parecía oración.

La fe no fue un atajo. Fue un lugar para descansar el corazón cuando todo se sentía demasiado. A veces no me salían palabras grandes. Solo repetía por dentro: “Papá del Cielo, quédate con nosotros.” Y cuando él dormía, yo miraba su pecho subir y bajar, como si cada respiración fuera un milagro sencillo y terco.

Pasaron los ciclos: tratamientos, estudios, miedos que querían regresar. Hasta que un día, afuera del hospital, el sol se sintió diferente. No porque el mundo cambiara, sino porque yo cambié. Escuché lo que tanto necesitaba escuchar, sin discursos ni dramatismos: eran buenas noticias.

Hoy, cuando lo veo sentado, tranquilo, con esa mirada directa, lo entiendo: él no carga la misma lista de recuerdos que yo cargo. Él carga otra cosa. Gratitud pura. No habla de estadísticas. Habla de amor. Y cuando sostiene un letrero con una frase tan simple, siento que el corazón por fin encuentra un lugar seguro.

Porque vi a la medicina hacer su trabajo. Vi a personas trabajar con excelencia. Vi al tiempo avanzar. Vi nacer la valentía. Y vi a Dios sostenernos por dentro cuando todo parecía quebrarse.

A veces, basta con esto:
El Papá del Cielo me curó del cáncer. ¡Amén!
❤️❤️❤️

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