
“En nuestra luna de miel, me desperté a mitad de la noche y encontré a mi esposo de espaldas, abrazando una pequeña caja de madera como si fuera un tesoro. Dijo que contenía las cenizas de su exnovia fallecida. Cuando fue a ducharse, la abrí… y lo que encontré dentro me hizo hacer las maletas y pedirle el divorcio antes del amanecer….
—¿Y la foto?
—Él me pidió una. Dijo que necesitaba “recordar lo que estaba cerrando”. Me pareció extraño, pero accedí.
En ese momento comprendí algo: no había dos víctimas. Éramos tres.
Lucía me miró con una tristeza profunda.
—Te mereces a alguien que no necesite despedirse de otra mujer cada vez que te duerme.
Salí del café con el corazón destrozado, pero con una claridad nueva.
No quería explicaciones. No quería disculpas.
Quería recuperar mi vida.
Y así terminó mi matrimonio: no por un fantasma del pasado, sino por la realidad dolorosa de un hombre que nunca supo cerrar sus heridas sin abrir las de los demás.”
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