María, viendo la frialdad de su esposo, sufría en silencio.
Por la tarde, Javier tenía una cita importante con el director de una gran empresa, alguien con quien buscaba asociarse para salvar su negocio en crisis. Se alistó apresurado, dejando a su suegro solo en el patio.
Poco después sonó el timbre. Un coche de lujo se detuvo frente a la casa. De él bajó un hombre de mediana edad, elegante, con un traje impecable. Javier corrió a recibirlo con una sonrisa servil:
—¡Director! Bienvenido, por favor, pase a la casa.
Pero cuando el hombre entró, Javier quedó paralizado. El visitante se dirigió directamente hacia don Pedro, que estaba sentado en silencio, y le habló con todo respeto:
—Buenas tardes, don Pedro. Soy Alejandro Ramírez, director de la empresa ABC, y vine según lo acordado con usted.
