
Cuando mi esposo no estaba en casa, mi suegro me pidió que tomara un martillo y rompiera el azulejo detrás del inodoro. Oculto allí había un agujero… y dentro de él encontré algo verdaderamente aterrador
—Para lo que siempre hacía —susurró—. Y por lo que estuvo detenido años atrás.
El aire del baño se volvió insoportable. Mi suegro continuó:
—Tienes que irte ahora mismo. Antes de que vuelva. No podemos arriesgarnos.
Pero antes de que pudiera responder, los dos escuchamos un sonido que heló hasta el último rincón de mi cuerpo:
La puerta principal abriéndose.
El silencio que siguió fue tan espeso que casi podía tocarse. Mi suegro me miró y movió los labios sin emitir sonido: “No hables”. El ruido de pasos avanzó por el pasillo, tranquilos, casi relajados. Yo no podía respirar.
—Ana, ¿estás en casa? —preguntó una voz familiar. No era la de mi marido.
Era Andrés.
Mi suegro apagó la luz del baño. Ambos contuvimos la respiración. Andrés caminó despacio, como si estuviera escuchando, tratando de percibir el más mínimo movimiento. Cada paso parecía acercarse más al baño.
Mi suegro se inclinó hacia mi oído.
—Tienes que salir por la ventana del baño. Ahora —susurró.