Feliz Cumpleaños
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abuelita ![]()
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No éste triste por favor.Sea Feliz con sus vecinos, amigos,y cómase la ![]()
y un cafelito
y con ellos.![]()
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Dios la bendiga
hoy mañana y siempre ![]()
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Señora Feliz Cumpleaños , por favor no esté triste , eso es malo se va enfermar. Esté contenta por un año más de vida y dele gracias a Dios por estar viva, disfrute cada momento, ríase, baile y cante eso la va ha ayudar bastante y agradezca cada momento . Muchas Bendiciones
Feliz cumpleaños hermosa no estás sola está Dios y nuestra Santísima Madre y las satisfacciones de todo lo bueno y positivo que fuiste y eres te tienes a ti misma con vida un año más regalo de Dios piensa e ilusiónate Dios tiene un plan para ti bendiciones la tristeza enferma y debilita cuídate mucho Dios contigo siempre
Hoy me desperté antes de que saliera el sol, como siempre. La casa estaba en silencio, y ese silencio parecía más grande que los propios cuartos. Fui a la cocina por el mismo camino de todos los días: el suelo frío, el olor del café que ya no consuela como antes, y una luz tibia que revela lo que el corazón intenta esconder.
En la mesa dejé el pastel desde ayer. No es grande. No tiene adornos. No hay una foto para guardar. Es un pastel sencillo —de esos que una hace para que el día parezca especial, aunque por dentro no se sienta así. Puse una sola vela. Solo una. Y me quedé mirándola como si esa llama pudiera decirme algo que todavía no sé explicar.
Miré el reloj demasiadas veces. No por prisa… sino por esperanza. Esa esperanza callada que no se anuncia. Pequeña, casi tímida: que sonara el teléfono. Que llegara un mensaje. Un “buenos días”. Un “me acordé de ti”. Cualquier señal de que, en algún lugar, todavía existo en la memoria de alguien.
El teléfono se quedó ahí, quieto, como si no me conociera.
Pensé en todo lo que hice. En las comidas que preparé cuando no tenía fuerzas. En las noches en vela por fiebre, por dolor, por preocupación. En los cumpleaños de los demás —con pasteles grandes, risas, fotos, abrazos. Pensé en las veces que dije “ya pasará” cuando yo misma me estaba rompiendo por dentro. Pensé en el amor que di sin medirlo, creyendo que el amor siempre vuelve… aunque sea en forma de recuerdo.
Pero hay algo que aprendemos demasiado tarde: a veces la vida no solo se lleva a las personas. También se lleva la costumbre. Se lleva el hábito de recordar. Se lleva la delicadeza de preguntar “¿cómo estás?”. Y un día uno se da cuenta de que no se olvidó solo una fecha… se olvidó a la persona entera.
Encendí la vela. La llama quedó pequeña, temblando, como si también dudara. Y entonces entendí una verdad dura: la soledad no es estar solo. La soledad es ver que el mundo sigue funcionando perfectamente… incluso cuando por dentro uno se detiene.
No lloré fuerte. El llanto fuerte pide rescate. El mío fue silencioso. Un llanto de quien no quiere molestar. Un llanto viejo, acumulado, hecho de pequeñas ausencias: la visita que no llegó, la llamada que no apareció, la promesa que se quedó en el aire.
Aun así, me quedé ahí. Porque, aunque suene extraño, no quería que mi cumpleaños terminara sin que alguien fuera testigo de que existo. Aunque ese “alguien” fuera solo la llama de una vela, insistiendo en permanecer encendida.
Y ahora te pregunto, con la honestidad de quien ya no tiene edad para fingir: ¿cuántas personas hoy celebran algo en silencio? ¿Cuántas esperan un gesto sencillo para no rendirse por dentro? ¿Cuántas se ven fuertes por fuera solo para no ser una carga?
Quizá la vida no pide grandes discursos. Quizá pide presencia. Recuerdo. Humanidad
