Cuando nací, algunas personas me miraron en silencio. Otras bajaron la mirada, sin saber qué decir. Mis padres escucharon palabras difíciles, nombres de estudios, listas largas de “limitaciones”. Pero, en medio de todo eso, había algo que nadie podía negar: mi carita iluminaba todo el cuarto. Mis mejillas redondas, mi sonrisa un poco torcida, mis ojos rasgados… todo en mí susurraba bajito: «Ey, yo también soy belleza. Yo también merezco amor, fotos, orgullo y sueños».

Cuando nací, algunas personas me miraron en silencio.
Otras bajaron la mirada, sin saber qué decir.
Mis padres escucharon palabras difíciles, nombres de estudios, listas largas de “limitaciones”.

Pero, en medio de todo eso, había algo que nadie podía negar:
mi carita iluminaba todo el cuarto.
Mis mejillas redondas, mi sonrisa un poco torcida, mis ojos rasgados…
todo en mí susurraba bajito:
«Ey, yo también soy belleza. Yo también merezco amor, fotos, orgullo y sueños».

Con el tiempo, mis padres descubrieron algo que ningún informe médico explica:
yo no vine al mundo para dar lástima,
vine para provocar abrazos.
No soy “un angelito especial”,
soy un niño/una niña real: hago berrinche, me río fuerte, me lanzo a los brazos abiertos
y lleno la casa de vida a mi manera.

A veces el mundo todavía me mira con extrañeza.
Pero cada vez que alguien me devuelve una sonrisa,
cada vez que una madre descubre que su hijo es más fuerte que cualquier diagnóstico,
cada vez que un corazón se abre a la diversidad,
mi existencia vuelve a tener sentido.

No necesito encajar en ningún estándar para ser hermoso/a.
Mi rostro cuenta una historia que quizá aún no conozcas,
pero que merece respeto, cariño y presencia.

Si algún día me ves por ahí,
no apartes la mirada.
Sonríe.
Te vas a dar cuenta de que la belleza que llevo
siempre estuvo ahí, esperando ser vista.

Porque sí…
es verdad que yo también soy hermoso/a como todos los demás. 💛

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