Yo creía que ya había vivido todo lo que una madre puede vivir. Que a los 70 la vida sería más tranquila… más silenciosa… solo yo y mis recuerdos.
Pero la vida no me preguntó si estaba lista.
El día que mi hija partió, se llevó una parte de mí. Y con el dolor llegó un miedo inmenso: el miedo de ver a sus hijos crecer sin sus brazos, sin su voz, sin su amor.
Así que hice lo único que sabía hacer… los abracé fuerte.
Hoy me levanto temprano, cocino, los baño, doblo ropita, calmo lágrimas, cuento historias y trato de sonreír aunque por dentro me esté rompiendo.
Hay días en los que soy fuerte. Y hay días en los que solo estoy… resistiendo.
Porque volver a ser mamá a los 70 no es fácil. Pero cuando los miro a los ojos, sé que no puedo rendirme.
Si este mensaje llegó hasta ti, te pido algo pequeño:
déjanos una bendición. Una palabra bonita. Una oración, si puedes.
A veces, un poco de cariño de alguien de afuera es lo que nos ayuda a seguir un día más.
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