Hoy el tiempo se siente distinto. No porque el reloj se haya detenido, sino porque cada minuto pesa. La habitación está iluminada, los aparatos hacen su trabajo en silencio y, aun así, parece que todo habla bajito, como si el mundo tuviera cuidado de no asustarla. Ella está ahí, acostada, tratando de sostener esa serenidad que siempre la ha acompañado: una calma real, sin teatro. Me mira con una firmeza suave, como diciendo “vamos a salir de esta”, mientras yo intento que mi voz no delate el nudo en la garganta. El personal entra y sale, confirma datos, revisa procedimientos, ajusta detalles. Todo tiene que estar exacto, porque es una cirugía delicada, y cada detalle importa. Pero, detrás de toda la técnica, hay una verdad simple: tengo miedo. Miedo de lo que no puedo controlar. Miedo de las preguntas que empiezan con “¿y si…?”. Y, aun así, la esperanza se queda conmigo, porque ella siempre ha sido de esas personas que atraviesan lo difícil sin hacer ruido, y aun así sostienen a todos. Si las palabras pudieran proteger, hoy las pondría alrededor de ella. Que el quirófano sea un lugar de precisión y paz. Que las manos que la cuiden sean firmes y humanas. Y que ella regrese—paso a paso—con la misma luz en la mirada.

Hoy el tiempo se siente distinto. No porque el reloj se haya detenido, sino porque cada minuto pesa. La habitación está iluminada, los aparatos hacen su trabajo en silencio y, aun así, parece que todo habla bajito, como si el mundo tuviera cuidado de no asustarla.
Ella está ahí, acostada, tratando de sostener esa serenidad que siempre la ha acompañado: una calma real, sin teatro. Me mira con una firmeza suave, como diciendo “vamos a salir de esta”, mientras yo intento que mi voz no delate el nudo en la garganta. El personal entra y sale, confirma datos, revisa procedimientos, ajusta detalles. Todo tiene que estar exacto, porque es una cirugía delicada, y cada detalle importa.
Pero, detrás de toda la técnica, hay una verdad simple: tengo miedo. Miedo de lo que no puedo controlar. Miedo de las preguntas que empiezan con “¿y si…?”. Y, aun así, la esperanza se queda conmigo, porque ella siempre ha sido de esas personas que atraviesan lo difícil sin hacer ruido, y aun así sostienen a todos.
Si las palabras pudieran proteger, hoy las pondría alrededor de ella. Que el quirófano sea un lugar de precisión y paz. Que las manos que la cuiden sean firmes y humanas. Y que ella regrese—paso a paso—con la misma luz en la mirada.🙏🙏🙏
Hoy el tiempo se siente distinto. No porque el reloj se haya detenido, sino porque cada minuto pesa. La habitación está iluminada, los aparatos hacen su trabajo en silencio y, aun así, parece que todo habla bajito, como si el mundo tuviera cuidado de no asustarla.

Ella está ahí, acostada, tratando de sostener esa serenidad que siempre la ha acompañado: una calma real, sin teatro. Me mira con una firmeza suave, como diciendo “vamos a salir de esta”, mientras yo intento que mi voz no delate el nudo en la garganta. El personal entra y sale, confirma datos, revisa procedimientos, ajusta detalles. Todo tiene que estar exacto, porque es una cirugía delicada, y cada detalle importa.

Pero, detrás de toda la técnica, hay una verdad simple: tengo miedo. Miedo de lo que no puedo controlar. Miedo de las preguntas que empiezan con “¿y si…?”. Y, aun así, la esperanza se queda conmigo, porque ella siempre ha sido de esas personas que atraviesan lo difícil sin hacer ruido, y aun así sostienen a todos.

Si las palabras pudieran proteger, hoy las pondría alrededor de ella. Que el quirófano sea un lugar de precisión y paz. Que las manos que la cuiden sean firmes y humanas. Y que ella regrese—paso a paso—con la misma luz en la mirada.
vedere il seguito alla pagina successiva