Pensé que la audiencia de divorcio no podía ser más dolorosa hasta que mi esposo intentó quedarse con la casa de 400.000 dólares que mis padres me habían dejado.
Me temblaron las manos. Se me hizo un nudo en la garganta. Y entonces mi hija de nueve años se levantó y pronunció unas palabras que paralizaron a toda la sala. En ese instante, supe que todo estaba a punto de cambiar.
En cuanto entré en la sala, sentí como si el suelo bajo mis pies ya fuera inestable. Me llamo Emily Carter, y después de doce años de matrimonio, nunca imaginé que mi divorcio de Daniel se convertiría en una batalla por lo único que mis padres habían dejado atrás: el hogar que habían dedicado toda su vida a construir para mí.
Esperaba discusiones. Esperaba tensión. No esperaba una traición tan profunda.
Daniel se sentó frente a mí, con la mandíbula apretada, con la expresión familiar de alguien decidido a parecer agraviado. Su abogado habló con seguridad, con un tono suave y ensayado.
“Señoría”, dijo, “mi cliente cree tener derecho a una parte de la herencia debido a sus contribuciones durante el matrimonio”.
Se me encogió el estómago.
“Esa casa me la dejaron antes de casarnos”, dije rápidamente, con voz temblorosa. “Nunca pagó ni un solo dólar por ella”.
Daniel no se inmutó. En cambio, esbozó una leve sonrisa, la misma que siempre aparecía cuando creía tener el control.
