Cuando tres pacientes del Hospital St. David’s quedaron embarazadas repentinamente, todas tras recibir el mismo tratamiento por el mismo cuadro comatoso, el Dr. Adrián Miller supo que algo andaba mal. Pero la verdad que descubrió fue mucho más oscura de lo que jamás imaginó.
El Dr. Adrián Miller había trabajado en el Hospital St. David’s de Chicago durante quince años. Tranquilo, metódico y profundamente ético, era el tipo de médico en el que todos confiaban. Pero nada en su carrera lo había desconcertado tanto como el Paciente 208: Marcus Lapford, un hombre que había estado en coma durante casi una década tras sufrir un accidente automovilístico.
A simple vista, Marcus parecía saludable, demasiado saludable. Sus músculos eran firmes, su piel tenía color y su ritmo cardíaco era fuerte. La mayoría de los pacientes en coma presentaban atrofia muscular severa después de solo unos meses, pero el cuerpo de Marcus parecía el de alguien que hacía ejercicio con regularidad. Adria se lo comunicó a la enfermera Lila Thompson, una de las tres encargadas de cuidar a Marcus. “No parece alguien que haya estado inconsciente durante tres años”, dijo en voz baja. Lila simplemente sonrió levemente. “Algunas personas son simplemente… diferentes, doctor”, respondió, evitando el contacto visual.
Unas semanas después, los rumores en el hospital se dispararon: Lila estaba embarazada. También lo estaba la enfermera Emily Rhodes, quien había cuidado a Marcus antes que ella. Antes de Emily, la enfermera Valerie Cook había dejado el trabajo por circunstancias similares, y ella también estaba embarazada.
Tres casos. Paciente abierto.
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