Usa la gratitud como medicina diaria 
La gratitud es el antídoto más poderoso contra la tristeza.
Cada vez que agradeces, tu mente cambia su enfoque: deja de mirar lo que falta y empieza a valorar lo que hay.
Agradece cada detalle:
El amanecer que puedes ver.
Las palabras amables que escuchas.
La comida caliente que llega a tu mesa.
El simple hecho de estar vivo.
Haz del agradecimiento un hábito:
al despertar, al acostarte, al caminar.
Verás cómo tu corazón se llena de calma y energía positiva.
Porque quien agradece, vive en abundancia aunque tenga poco.
Usa la fe (en lo que sea que creas) como guía 
No se trata solo de religión, sino de mantener viva la esperanza.
Fe en que mañana será mejor.
Fe en que el cuerpo puede sanar.
Fe en que aún hay belleza por descubrir.
Cuando la familia no está cerca, la fe sostiene.
Te da propósito, te da fuerza, te da una razón para levantarte cada día.
Puedes tener fe en Dios, en la vida, en la naturaleza, o simplemente en ti.
Lo importante es no perder la conexión con algo más grande que tus problemas.
La fe no quita el peso de los años, pero sí ilumina el camino para seguir adelante.
Reflexión final
Llegar a la madurez no significa perder, sino aprender a soltar lo que ya no corresponde.
A veces la familia se aleja, no por desamor, sino porque la vida los lleva por otros caminos.
Y está bien.
No necesitas depender de nadie para tener paz.
Con tiempo, salud, soledad, gratitud y fe, puedes construir una felicidad nueva, libre de expectativas y llena de serenidad.
A los 70, 80 o 90 años, aún puedes reinventarte.
Porque la vida no termina cuando envejeces…
termina cuando dejas de creer en ti.
